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Galeano y su crítica lúcida

Eduardo Germán Hughes Galeano, nace en Montevideo el 3 de septiembre de 1940. En él conviven el periodismo, el ensayo y la narrativa, siendo ante todo un cronista de su tiempo, certero y valiente, que ha retratado con agudeza la sociedad contemporánea, penetrando en sus lacras y en sus fantasmas cotidianos. Lo periodístico vertebra su obra de manera prioritaria. De tal modo que no es posible escindir su labor literaria de su faceta como periodista comprometido.

A los 14 años entró en el mundo del periodismo, publicando dibujos que firmaba “Gius”, por la dificultosa pronunciación castellana de su primer apellido. Algún tiempo después empezó a publicar artículos. Se firmó Galeano y así se le conoce. Ha hecho de todo: fue mensajero y dibujante, peón en una fábrica de insecticidas, cobrador, taquígrafo, cajero de banco, diagramador, editor y peregrino por los caminos de América.

En sus inicios fue redactor jefe de la prestigiosa revista Marcha (1960-64), publicación que durante décadas dio cobijo a las voces más interesantes de las letras uruguayas y que terminó siendo silenciada en 1974 por la dictadura. En el año 1964 Galeano es director del diario Época. En 1973 Galeano tuvo que exiliarse a Argentina en donde funda y dirige una revista literaria titulada Crisis, en la que también destaca la labor del poeta Juan Gelman. En 1975 se instala en España, encontrando un país que estaba a punto de dar un salto histórico cualitativo, con el octogenario dictador como sombra de sí mismo. Reside en Calella, al norte de Barcelona. Publica en revistas españolas y colabora con una radio alemana y un canal de televisión mexicano.

Sus primeros escritos son reportajes de corte político en los que la realidad aparece continuamente golpeada por las circunstancias. Tanto el reportaje titulado “China” (1964) como “Crónica de un desafío”, del mismo año, o “Guatemala, un país ocupado” (1967) reflejan una escritura de urgencia, de denuncia, que retrata la cotidianeidad de unos tiempos difíciles con una escritura situada siempre en primera línea de los hechos que vertebran el presente. Con “Las venas abiertas de América latina” (1971), explicativo título, logró su obra más popular y citada, condenando la opresión de un continente a través de páginas brutalmente esclarecedoras que se sumergen en la amargura creciente y endémica de América Latina. Esta obra ha sido traducida a dieciocho idiomas y mereció encendidos elogios desde diversos sectores. El escritor alemán Heinrich Böll, Premio Nobel de Literatura en 1972 y autor de “Opiniones de un payaso”, obra clave de la literatura contemporánea, llegó a decir a propósito de la obra de Galeano que pocas obras en los últimos tiempos le habían conmovido tanto.

Junto al Galeano periodista empieza a aparecer el Galeano narrador que prolonga en sus obras su visión de América Latina. De la novela corta “Los días siguientes” (1963) a los relatos contenidos en “Vagamundo” (1973) pasan diez años pero se mantiene una misma percepción de las cosas, continuada en “La canción de nosotros” que merecío el premio Casa de las Américas de 1975. En Galeano el contexto político y social no puede eludirse y es el marco central en el que transitan sus historias. “Días y noches de amor y de guerra” (1978) se enmarca en los difíciles días de la dictadura en Argentina y Uruguay.

Con la “Memoria del fuego” hay una recuperación del pasado indigenista. Esta obra narra la odisea de las dos Américas, centrándose en los hechos más cotidianos, componiendo una trilogía febril e incisiva, apoyada en la rigurosidad de las fuentes y en la que se entrecruzan crónicas históricas con pinceladas del presente, siempre en busca de un futuro más justo. De aquella trilogía histórica formaban parte “Los nacimientos” (1982), “Las caras y las máscaras” (1984) y “El siglo del viento” (1986). En los tres libros hay un mismo objetivo y como dice el periodista italiano Gianni Miná, una voz incisiva y militante que trata de impedir que se olvide la tragedia que asola a quienes viven en el más completo subdesarrollo.

“La memoria del fuego” está estructurada en torno a pequeñas vivencias cotidianas que es en donde encuentra Galeano la verdadera grandeza del ser humano. La intrahistoria es el universo en el que caminan las obras del escritor uruguayo, al margen de grandes gestas y de sucesos grandilocuentes, que se apartan del hombre de a pie y del verdadero devenir de los acontecimientos históricos. Son, en palabras de Galeano, historias pequeñas, pero no minimalistas.

Joan Manuel Serrat toma prestado un fragmento de una de estas historias de la “Memoria del fuego” para ilustrar a modo de presentación en sus recitales el tema “Che Pykasumi”, que el cantautor interpreta en lengua guaraní.

Un año antes de la publicación de “El siglo del viento” y una vez terminada la dictadura uruguaya regresa a Montevideo. Tres años después firma “El libro de los abrazos”, de contenido más sutil y poético. El propio Galeano definiría de este modo la raíz de esta obra: “Creo que un autor al escribir abraza a los demás. Y éste es un libro sobre los vínculos con los demás, los nexos que la memoria ha conservado, vínculos de amor, solidaridad. Historias verdaderas vividas por mí y por mis amigos, y como mi memoria está llena de tantas personas, es al mismo tiempo un libro de “muchos”… Es un equívoco que ha fragmentado los lazos de solidaridad, que ha condenado a este mundo de finales de siglo a tener hambre de abrazos, a padecer de soledad, el peor tipo de soledad: la soledad en compañía. Es el mismo proceso que se manifiesta con la pobreza”.

El mismo año de “El libro de los abrazos” aparece “Nosotros decimos no”. En 1992 publica “Ser como ellos y otros artículos” y un año después “Las palabras andantes”, recopilación de cuentos y reflexiones ilustrados por el artista brasileño José Francisco Borges. El propósito de Galeano en los 90 sigue siendo el mismo que le había impulsado en las otras décadas. Palpar la realidad y luego derramarla en un libro. Como respiro, muestra su pasión por el fútbol y lo reivindica desde la literatura, al modo que ztambién hará Javier Marías, en un libro titulado “El fútbol a sol y sombra”.

En 1998 Galeano ofrece en “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”, otro de esos libros de denuncia que no edulcoran el presente ni rehuyen de sus sombras. Es por tanto Galeano un ejemplo de coherencia en una obra que sirve siempre de guía a la hora de definir un continente como el de América Latina que debe seguir cerrando heridas. La voz de Galeano suena clara en el marasmo de intereses e injusticias cotidianas. Más allá de una obra literariamente sólida, está la figura del cronista que persigue injusticias, que conjura temores, que rescata del abismo personajes e historias postergadas.

La obra de Eduardo Galeano nos convoca a mirar qué pasado hemos levantado y qué futuro estamos dejando para nuestros descendientes. Establece un frente común contra la pobreza, la miseria moral y material, la hipocresía de un mundo que sigue abriendo cada vez más distancias entre los que tienen y los que no tienen. Lo demagógico puede ser un riesgo inevitable en este tipo de propuestas, pero Galeano la salva con un estilo conciso, brillante y, sobre todas las cosas, necesario. En Eduardo Galeano hay un compromiso constante con el ser humano y sobre todo una fidelidad a unas ideas que condenan el neoliberalismo y que siguen apostando por un socialismo real, no de andar por casa, y que de alguna forma recupere el pulso perdido, lejos del presente en el que el hombre es visto como una mercancía y en el que parece que no hay lugar para las utopías.

Eduardo Galeano reside desde 1985, -tras finalizar la dictadura uruguaya-, en su Montevideo natal donde sigue haciendo su literatura y su periodismo de marcado tinte político.

Tomado de: sololiteratura.com

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El Apóstol José Martí

El apóstol de Cuba

José Martí nació en La Habana el 28 de enero de 1853. Hijo de los españoles Mariano Martí y Leonor Pérez, su vida fue una auténtica lucha a favor de la libertad en Cuba y para Cuba. Desde su juventud fue simpatizante del levantamiento del 68, lo que le supuso al año siguiente su primer paso por la prisión por conspirador. En 1871 fue desterrado a España, donde aprovechó para estudiar Filosofía y Letras y Derecho. En 1875 comenzó un periplo de años de constantes viajes a México (donde se casa el 20 de diciembre con la camagüeyana Carmen Zayas Bazán), Guatemala (donde conoció a María García Granados, la famosa «Niña de Guatemala» de sus Versos sencillos) y Nueva York, tras el que regresó temporalmente a Cuba en 1878. Trabajó allí como profesor, pero sin abandonar su constante preocupación política, y vio nacer a su hijo José Francisco el 22 de noviembre.

En 1879 fue descubierta la conspiración que organizaba con el Movimiento, y fue desterrado de nuevo a España, para en 1880 establecerse como periodista en Nueva York, donde comenzó a contactar con militares cubanos, como el general Calixto García, y donde entró a formar parte como presidente del Comité Revolucionario Cubano. Pasó una pequeña temporada en Venezuela durante 1881, de donde también fue expulsado por causas ideológicas, para volver a Nueva York en 1882 y dedicarse allí a preparar la revolución final que consiguiera la independencia de Cuba: además de escribir y publicar Nuestra América el 10 de enero de 1891 en La Revista Ilustrada de Nueva York, consiguió dinero, armas, embarcaciones, entrenó a los revolucionarios, buscó apoyo internacional y mantuvo el espíritu de rebelión de los cubanos, para lo que realizó diversos viajes por países de Latinoamérica.

En 1895, cuando todo estaba preparado, les fue confiscado el contingente logístico por parte del gobierno estadounidense, y contra viento y marea lograron prepararlo todo para, en mayo de 1895 Martí, junto con Máximo Gómez y otros más, desembarcar en Playitas y avanzar tierra adentro para reunirse con otras fuerzas revolucionarias. El 19 de mayo de aquel año las fuerzas del Apóstol, sobrenombre por el que ha sido conocido después por sus compatriotas, se enfrentaron al ejército español en Dos Ríos, batalla en la que murió el 19 de mayo el inspirador y héroe de la independencia cubana sin que sus compañeros pudieran siquiera rescatar su cuerpo.

Martí pensador

Sin duda, la faceta que ha hecho de José Martí algo más que un mito fue su ideario político. A pesar de que su lucha directa se circunscribió a «su» Cuba, concibió la libertad de los países de Latinoamérica como un todo. Su idea de libertad nunca pudo partir de la República española, pues la inconsecuencia de lo que ésta propugnaba con los hechos que Martí observaba en la «Metrópoli» le convenció de que el problema cubano sólo podría ser resuelto fuera de los marcos políticos del poder español.

Las dos tesis principales del pensamiento martiano son, por una parte, abogar por la entrega de la riqueza nacional, cuya distribución exclusiva en pocas manos le parecía injusta; por otra, la cuestión indígena que afrontan las jóvenes naciones americanas como uno de los más tristes resultados de la dominación colonial sufrida, en la cual los indios fueron aplastados y reducidos a la condición de bestias; resucitarles el hombre que llevan dentro debe ser la tarea primera de todos aquellos que aspiren a una patria libre. El futuro de la revolución americana está vinculado, en su opinión, a la raza indígena y a la unión de los pueblos, pues sin ella no habría garantía alguna de triunfo para esa revolución. Precisamente por ello se opuso siempre a la intervención del autoritarismo militar que se había intentado imponer al movimiento revolucionario y no se identificó nunca con éste. Según el Apóstol, independizar a Cuba era, primero, arrancar de América los últimos restos del colonialismo español y, segundo, afianzar la unión de las jóvenes repúblicas hispanoamericanas para contener así los impulsos imperialistas de los Estados Unidos.

El testimonio político más importante de Martí es su ensayo titulado Nuestra América: no es un manifiesto americanista en el que se predique un fatuo nacionalismo o en el que se cante la superioridad de los valores autóctonos de los pueblos de hispanoamérica, sino que plantea, fundamentalmente, un programa político-cultural establecido de acuerdo con las necesidades más urgentes del continente. No hay romanticismo en la afirmación del hombre natural, de la Naturaleza americana. La afirmación de estos elementos cumple una determinada función política porque únicamente a partir de ellos podrá realizarse una liberación total. Nuestra América no es un canto a un pasado glorioso ni una invitación de retorno a él. Martí, que está mucho más cerca de Marx que de Rousseau, afirma lo natural para poder mostrar mejor el proceso de inversión de valores producido por el dominio colonial. Con la colonización se impuso para América una serie de costumbres y tradiciones que impidieron el desenvolvimiento de sus culturas nativas. De esta manera se produjo la típica sustitución de valores que toda potencia imperial realiza, y por la que se engendran las colonias. Este deplorable cuadro lo describió Martí con plasticidad asombrosa al escribir:

«Eramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Eramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norte América y la montera de España.»

Una de las preocupaciones máximas que plasma Martí aquí es la integración de todos los cubanos bajo una única bandera de amor y respeto al hombre, que, a su juicio, debía ser la norma suprema de la futura república:

«Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre. En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre.»

El humanismo que desprenden estas palabras es la constante más profunda del quehacer político martiano, y la piedra angular de la reconstrucción del movimiento revolucionario cubano.

Martí escritor

Si sus incursiones en el teatro (AbdalaAdúlteraAmor con amor se paga) no tuvieron mucha fortuna, su única irrupción en el mundo de la novela, Amistad funesta (Lucía Jerez), si bien no podemos decir que sea una obra maestra del género, sí introduce por primera vez en el mismo los rasgos que caracterizarían a la novela modernista (o lírica, denominada por muchos críticos), especialmente en lo referido al lenguaje, insólitamente plástico y musical, de gran aliento imaginativo y de brillantez expresiva, lo que lo acredita como un gran prosista y como iniciador de una época, la modernista, que con él se abre.

Una de las incursiones literarias más sorprendentes y atrevidas de Martí son sus cuentos, especialmente los publicados en La Edad de Oro, revista infantil editada íntegramente por él, que salió a la luz entre julio y octubre de 1889. Sorprendente porque extraña que el Apóstol, metido de lleno en empresas políticas y revolucionarias, dedicara gran parte de su valioso tiempo a una tarea tan poco productiva entonces como la literaria, y más si cabe si consideramos que iba dirigida a los niños. La respuesta está en su espíritu y sus proyectos revolucionarios. Con la lectura de los cinco números que salieron a la luz de la revista el lector puede darse cuenta de que no es literatura «sólo» para niños: su función es netamente educadora, pero en un sentido más amplio, y ello es debido al ideal político-social de Martí, en el que el niño es el futuro, y ese futuro debe ser de progreso y de virtud. Para conseguir los fines que persigue (léase libertad, búsqueda de la verdad, americanismo, utilidad, independencia de Cuba, desarrollo) hay que educar al niño adecuadamente, pues él es la base de un futuro mejor. Su idea de la pedagogía no es la de enseñar la realidad a los niños, sino dársela a comprender, presentársela de modo que la puedan entender, para que lleguen a participar de los grandes problemas de América, como el racismo (en «El Padre Las Casas»), la desigualdad social, la pobreza (en «Los zapaticos de Rosa», «La muñeca negra», «Los dos príncipes»), la libertad (en «Tres héroes») y problemas universales como la bondad moral y las virtudes (en «La perla de la mora», «Cada uno a su oficio», «Nené traviesa», «El camarón encantado»), o la muerte, tan presente en muchos cuentos. A todo ello, unirá un estilo sencillo pero bello, tratando de hacer del

deleite una vía y una manera de aprendizaje. En sus cuentos infantiles podemos ver una particular ordenación gramatical y un uso de términos-clave que se repiten a lo largo de ellos en posiciones estratégicas. Su sintaxis lineal, fluida, ordenada, sin interrupciones, con abundancia de conjunciones, más propias del lenguaje infantil, les confieren cierto sentido y musicalidad que hacen de ellos auténtica y bella literatura.

Cierto tono infantil encontramos también en Ismaelillo, su primer libro de versos, que abre su incursión en la parcela que con mayor acierto cultivó. Si dotó a su prosa de un lenguaje cuanto menos novedoso para el género, sus intuiciones poéticas plasmadas en las quince epifanías dedicadas a su hijo ausente abren definitivamente el camino hacia la nueva estética modernista. El autor cuenta allí un viaje por los mundos del sueño, impulsado por la persecución arrebatada de sus visiones, y lo hace desde la naturaleza lírica e íntima de un mensaje hondo, grave y universal, expresado en un lenguaje veloz, de aparente despojamiento verbal, de metros breves y saltarines, pero que encubren toda una serie de metáforas recias y profundas que distinguen el pensamiento de Martí.

En Versos libres, recopilación de poemas posterior a su muerte pero que él dejó casi preparado para la imprenta, imprime esa misma óptica visionaria, pero ahora con mayor dramatismo y con un temple agónico más acerado, que luego también continuará en otros poemas de la misma época (que aparecieron en diferentes diarios y publicaciones en vida del autor, para ser recogidos luego bajo el título de Flores del destierro). En los «endecasílabos hirsutos» (como él describió) de sus Versos libres confluyen bajo la forma métrica de verso blanco (idéntico metro, el endecasílabo, pero sin rima alguna) todas las tensiones que le salpicaron en su vivir diario: desde la circunstancia inmediata, el destierro y la nostalgia de su patria, hasta su sed de amor y dolor, su recio sentido moral de libertad, justicia y deber; vemos el concepto de la existencia como lucha perenne de autoconstrucción, como pugna constante y angustiosa por llevar a cabo sus fidelidades con la vida. También encontramos en ese poemario la preocupación por la poesía misma, por el vislumbre de posibilidades y sus preferencias: el rechazo del artificio y la defensa de una poética de lo natural (idea que plasmó en otros muchos de sus textos).

Su preocupación por la armonía de lo natural dará paso a la cima más alta de su arte, los Versos sencillos, crónica lírica fragmentaria de su vida, donde deshoja versos cristalinos a la vez que enigmáticos y oscuros que alcanzan las cotas de mayor profundidad de su obra. Los versos entrelazados rezuman sencillez y emoción, y muestran la fusión pueblo-poeta-naturaleza desde lo cercanamente biográfico, expresado desde el sincero temblor poético, desde la serenidad y desde la fuerza.

La voz poética de Martí se plasmó desde tres manantiales

vitales: la voz dolorida pero entrañable del hombre deshaciéndose y haciéndose a sí mismo en la precariedad de su vivir; la voz y más desde la fuerza del pleno pulmón emitida por la Naturaleza o el Universo; y una voz recóndita, que desde la trascendencia quiere asegurarse un lugar firme entre las certezas humanas. Y todo ello para llegar a dar una declaración de amor y libertad firme, sin fisuras, que hacen de su obra, corta en años pero intensa en sentido, un mensaje compacto, bello y armoniosamente sincero.

“Pensar es abrir surcos, levantar cimientos y dar el santo y seña de los corazones”….

Fuente: fenix.co.cu